domingo, 9 de diciembre de 2007

Memorias de África (1985)


(Dedicado a Kaken)

Hay dos tipos de películas basadas en hechos reales. Un tipo es sobre hechos que son en general desconocidos para el público, y por lo tanto la película es más famosa, e incluso hace a éstos más famosos. Ejemplos podrían ser ‘Una mente maravillosa’ o ‘Gorilas en la niebla’. El otro tipo es al revés, cuando el tema o personaje del que se habla es muy conocido, por ejemplo ‘JFK’ o ‘Gandhi’, y hay que andar con mucho cuidado con qué se cuenta y cómo, ya que no van a ser los herederos directos los únicos que se cabreen si el guión no gusta. ‘Memorias de África’ es un poco de ambas, dependiendo de cuánto conociera uno antes la figura de Isak Dinesen. Supongo que la película será cada vez más famosa que la historia real, en especial en este mundo cada vez más audiovisual, aunque al menos ha servido para que (algunos) descubran sus libros.

Entre otros comentarios que he leído se mencionaban como razones para que al público le gustara que es una película ‘de sabor clásico’, o que es ‘muy romántica’. No estoy muy de acuerdo con ninguna de las dos cosas, la verdad, aunque entiendo por qué se dicen. Para empezar, lo del sabor clásico supongo que viene por recordar títulos como ‘Mogambo’ o ‘La reina de África’, pero salvo el continente no veo que tengan tanto en común. Quizá sea la emoción de ver a dos grandes figuras como Robert Redford y Meryl Streep al frente de una historia sin persecuciones ni explosiones ni policías, hablando de temas humanos como el amor, la pérdida, la búsqueda, la soledad, etc. En este caso lo que se echa de menos es este tipo de cine, sea cual sea la época, más que porque fuera dominante ‘antaño’, cosa que nunca fue. Es curioso cómo la gente puede llegar a añorar algo que en realidad nunca ocurrió.

En cuanto a lo de que es muy romántica, depende de cómo se defina esta palabra. En el sentido amoroso, sensitivo (que no sensiblero) del término, ‘Memorias de África’ contiene dos o tres de los momentos más románticos de la historia del cine. Uno es Robert Redford lavándole el pelo a Meryl Streep. A la orilla de un río. En medio de hipopótamos y leones. De safari. En África. En 1920. Mientras él le recita ‘La canción del viejo marinero’ de Samuel Coleridge. ¿Qué mujer puede resistirse a algo así? La otra es cuando él aparece a la puerta de la casa de ella en una avioneta que aprendió a pilotar el día antes, la sube a bordo y se la lleva a dar un paseo por cráteres, selvas y cataratas.

Y no es como montar a caballito, no. Es como ‘ver el mundo desde los ojos de Dios’. Aparte, esta escena contiene uno de los usos de la música más efectivos que se pueden encontrar. Yo nunca presto mucha atención a la música de las películas, pero entre los 10-15 momentos que puedo recordar en que resulta sublime es en este paseo aéreo. Tras haber introducido el famoso tema principal ya anteriormente, el vuelo empieza con una música parecida, pero que no llega a arrancarse con ese tema en concreto, mostrando el avión como algo diminuto en el vasto cielo africano. Pero luego, al llegar al lago con los flamencos, el plano se acorta hasta casi poder ver lo mismo que ven los pasajeros del avión, la melodía principal entra con fuerza, y como uno ya se la sabe, hasta la canta dentro de su cabeza, compartiendo el goce de la experiencia. Magnífico. Otro momento puede ser cuando ella les inventa a él y a un amigo una historia tras una cena en su casa, partiendo del comienzo que le da él: ‘Había un chino llamado Cheng Huan y una chica llamada Shirley…’. Una vela entera más tarde, la historia termina bebiendo coñac en copas de verdad, sobre las alfombras de delante de la chimenea de una mansión africana. Son tres escenas ‘románticas’ de las buenas, fetén, de las de verdad, de las que hasta a los tíos se lo parece.

Sin embargo, la historia completa es muy poco romántica en este sentido. Sí puede serlo en el sentido original, decimonónico, del término, ligado a la desgracia, al sufrimiento y a los sinsabores, sin momentos de cuento de hadas. Y no es sólo por la manera en que acaba la historia, sino que comienza mucho antes. Denys Finch-Hatton y la baronesa Karen Blixen sintieron una gran fascinación el uno por el otro, debido a que compartían destino como blancos en África, educación con gusto por los libros y la cultura (‘nunca hablábamos de nada ordinario’, dice ella), y arrestos para vivir una vida difícil, él como cazador, soldado y guía, y ella intentando sacar adelante una imposible plantación de café (Kenya está demasiado alta para que fructifique) y organizar la vida de los kikuyu que allí viven, tanto trayéndoles cosas europeas que probablemente no necesiten como defendiéndolos ante los que quieren colonizarlos sin miramientos. Sin embargo, esto sólo funciona a ratos. Denys va y viene porque no quiere atarse a ninguna mujer. Frecuenta a Karen porque le fascina, pero no desea que lo domestiquen, mientras que en ella este deseo crece cada vez más. Y este es el verdadero punto central de la historia. El propio director, Sydney Pollack, lo dice: ‘El tema de la película es el de la libertad contra la posesión’. Karen tiene SU casa, SU plantación, SUS copas de cristal y porcelana, SUS kikuyu, y también quiere tener a SU hombre, y las cosas empiezan a torcerse cuando este conflicto empieza a hacerse evidente. Meryl Streep, que es una cachonda mental ella, lo resume diciendo: ‘Es una historia en la que él es más guapo que ella’. Y al fin, cuando él dice: ‘Me lo has arruinado’ ‘¿El qué?’ ‘El gusto por estar solo’, ya es demasiado tarde. Y si no lo fuera por decisión de los dos, ya viene el destino a encargarse de que no se pueda.

Así que bueno, romántico según como se mire. Pero no cabe duda de que es una película inspirada, hecha para durar, y que algún día será citada como un ‘clásico de esos que antes se hacían tanto’ (aunque no sea verdad) y ahora no.

4 comentarios:

Lenka dijo...

Siento cosas extrañas por esta película. Tiene un montón de ingredientes que me gustan. Para empezar, África, por la que siempre he sentido algo especial (a lo mejor porque estuve allí de niña y me impactó) Meryl, que es, de lejos, mi actriz favorita. La venero desde niña porque no consigo verla como Meryl, como persona, como mujer. En cada película consigue que me crea que es Karen, Clara, la ex señora Kramer, la actriz histérica con el culto al cuerpo, la ejecutiva despiadada... me la creo SIEMPRE. La señora Streep no existe, es mentira. Es un robot y la programan para cada peli.

Más cosas de "Memorias de África"... los otros actores, los personajes, el guión, la banda sonora, la fotografía... me gusta todo en ella. Tengo por ahí una copia en VHS y es una de esas pelis que quiero tener en DVD. Pero nunca la veo. No porque "acabe mal", no soy de esa gente que necesite finales felices, a veces te fastidian una historia. Cada historia pide un final. Tampoco es un pastel, si lo fuera la odiaría. Es una historia creíble, humana, compleja, no un folletín. Pero el caso es que, aunque siempre quiero tenerla, aunque me guste mucho, no suelo querer verla. Y creo que sólo me pasa con esta peli. Igual es que me despierta una nostalgia muy extraña, no lo sé. Tengo que meditarlo!!!

Por cierto, me encanta el resumen de Meryl. Es exactamene lo que yo opinaría si tuviera una relación como la que ella vive en la película.

Corsaria dijo...

Gracias, Ro. Un placer, como siempre, leerte.

Rogorn dijo...

Gracias, bellas damas.

Kaken dijo...

Más que decir, podría sentir mil cosas sobre “Memorias de Africa”.

La primera vez que la vi, la odié, me exasperó su lentitud y no comprendía nada de lo que estaba pasando. Y encima era la única mujer sobre la faz de la tierra a la que no le gustaba nada Robert Redford¡¡. En mi descargo diré que a Pumares le ocurrió lo mismo (qué tiempos, cuanto gritaba aquello de “¡¡¡¡¡Obra maessstraaaaa¡¡¡¡”)

La segunda vez ...se obró el milagro: había tantas cosas que ver, tantas cosas que oír y tanto que mirar que necesité volver a verla unas 15 veces más.

Hay otros momentos además de los tres que citas, Rogorn: cuando el le pone a ella el pañuelo en el labio mientras la mira , cuando le pide permiso para besarla y cuando ella, tras un silencio infinito, se tira la tierra a ella misma delante de su tumba.

Yo encontré a una mujer adelantada a su tiempo en muchos sentidos pero que amaba a la antigua. A las mujeres nos suele pasar esa cosa tan rara de querer disfrutar el mayor tiempo posible del ser amado.

Me ha encantado la entrada, Rogorn, y me siento como una ruin rata de alcantarilla (que no se entere Lalaiht) por no haberte dado las gracias hace mucho tiempo.

Un bes.